domingo, 29 de julio de 2012

 APUNTES SOBRE JOSEPH MALLORD WILLIAM TURNER





Ut pictura poesis". Un cuadro debe ser poesía visible.

Un pintor romántico cree tener una única misión en su vida: despertar y mantener  la pasión a través del color y la forma y si es músico, a través de las vibraciones; apuesta al desborde, a la pasión y en esto se diferencia de otros estilos que también han recurrido, recorrido y experimentado las formas y los colores desde las primeras manos pintadas en una caverna tantos siglos antes de nuestra persecución de la belleza. Como los viejos ancentros los románticos encuentran estas pasiones y profundos misterios en la Naturaleza a la que se dedican a servir en tan breves y delicadas vidas. En la Naturaleza buscaron ese gran acontecimiento que son sus fuerzas desatadas ante las cuales el hombre enfrenta y acepta ser una frágil criatura agitado y azotado por tormentas, vientos fortísimos, mares tempestuosos, avalanchas que todo lo cubren y aun así, detrás del horizonte, los viejos cielos dorados y tintos.
Turner es un maestro del naturalismo, un hijo pródigo y prolífico de este ideal de una naturaleza que se impone dramáticamente al hombre. Su pesimismo indiferenciado se ve modificado por sus tardes doradas y acaso hasta plácidas que mitagan el fin de un notable barco que va a desarmadero. Todo autor romántico tiene este compromiso: expresar el drama de la vida y todo esto, inventando en cada ocasión sus propias reglas. Así es Turner, un pequeño artista que a los quince años es aceptado en Royal Academy of Art. Allí hay una progresión de colores en tomates, apios y coles en sus inicios, luego una progreso hacia la arquitectura  en la Catedral de  Salisbury; los apacibles lagos también son recurridos en Butter Mere, las pestes en una frágil ciudad de Egipto, la tierra con su Helada Mañana y las montañas de Liber Studiorum y por fin, el mar, ese viejo continente que bien puede ser llamado Padre o Madre, algunos vacilamos sobre su género, pero queda bien también impornerle la imagen de un dragón cuando despierta toda su potencia, toda su furia.
El mar de Turner en un principio es negro, como lo es tal vez empujado por la locura de madre, a considerar que suerte de la humanidad es dramática definitivamente aunque distinguiendo excepciones, ciertamente, pocas. Turner nos quiere indicar que asistir a un naufragio es algo tremendo que nos demanda un sentido heroico para soportarlo y aun como espectador, no saldrás indemne de este espectáculo de ver hombres diminutos como semillas que la tormenta expande hacia la muerte. Más tarde, ante la calma del mar, verás los cuerpos frágiles a la deriva, pero eso es otro cuadro que por momento no interesa a Turner. Los viejos autores se preguntarán entonces: ¿ dónde está la belleza aquí?. Es con este cuadro, Naufragio cuando entramos plenamente en el romanticismo de Turner, que rompe con la idea del clasicismo cartesiano que todo tiene que ser " claro y distinto". Aquí reina la anarquía, organizando un desorden y siguiendo la regla de que no hay reglas, lo que no deja ser a su vez, otra regla.
Y luego de las tormentas del mar, la tormenta en la montaña, como el Alud en Grisons. En cierta oportunidad, Turner se encontró en Yorkshire, no en los Alpes, con una tormenta de nieve que se desataba ante su vista y las de sus acompañantes, el Sr. Fawkes y su hijo Hawkey, al que le dijo mientras anotaba en un papel todo el dramático acontecimiento:" mira Hawkey, dentro de dos años verás esto de nuevo y lo llamarás "Anibal atravesando los Alpes", algo así como Borges en una Babilonia llamada Buenos Aires, ¿ verdad?. Turner escribió sobre su cuadro una poesía: " El Jefe seguía avanzando, miró al sol con esperanza; bajo, ancho y pálido. Mientras el fiero arquero del año anterior, desencadenaba tormentas sobre la blanca barrera de Italia". El Jefe, el general era Aníbal, pero también Napoleón, su contemporáneo.
En 1819, Turner llega a Italia, un país que garantiza que un limón tiene el verdadero color de un limón, limón mediterráneo, todos sus soles y todas sus lunas que aportan fragancia. Es el paraíso de los románticos. Y hay varios cambios en Turner. Uno es la organización de sus movimientos, la distribución de sus formas, aunque le más importante es el de los colores con el que recordamos un cuadro suyo sin mirarlo. En Francia, Gericoult y Delacroix organizaban sus acciones dentro de una pirámide, el primer Turner, digamos todavía no itálico, lo hizo a través de un rombo como en el Naufragio, una vez en Italia todas sus accciones se ven envueltas en una elipse, un moviemiento algo circular y giratorio. Al girar las figuras se deshilachan, pierden sus formas con este ritmo, y nos vamos adentrando en esas inseguras figuras de carácter heraclitanas, en esos grados de inestabilidad en que vamos pasando de un color a otro en el atardecer, vamos entrando al mundo del sueño, porque estamos ya al borde el impresionismo en donde lo determinante no es la forma sino la atmósfera que contiene a la forma. No hay dudas que el impresionismo tiene esta forma y esta magia, dejar al alma suelta y no fija a una figura. " No hay melodías, sino sonidos" decía Debussy. La vida está dominada por estas tenues metamorfosis que consiste en ser algo para dejar de serlo como nos explicó tempranamente Heráclito, el Oscuro.
El buque El Temerario es un gran Turner que vive ya en su mundo de sueños, la madurez de su arte. Se trata de un viejo buque, tal vez heroico buque que va a morir a un impío y ruidoso desarmadero. Un remolcador sin gloria mancha de negro sus últimos momentos que tratándose de Turner, no pueden dejar de ser cielo y atmósfera. Y en estos momentos dramáticos, hay un Turner que alaba el terror, sino una muerte apacible, propio de un romántico y hasta podríamos decir, que se trata de un fin sentimental.
Dejemos para el final que Turner ponga sus propias palabras para su propia obra, algo así como dejar que desde sus elipses bostezando, desde sus peregrinas ondulaciones y del cambio de sus matices, exprese su ánimo y su arte: " Toda contemplación de la Naturaleza supone un refinamiento en arte".
Con Turner nos llega el momento de cambiar de planes, cambiar de parecer: el color supera a la forma y algo más, el color puede liberarse y separase de la forma. El color no sólo es determinante, sino que es hasta autónomo.

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