jueves, 7 de abril de 2016


 Edmund Burke. Algunas anotaciones sobre el concepto de lo Sublime de Edmund Burke


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BURKE, CONCEPTO DE LO SUBLIME. 1

                        LO SUBLIME

Hay una conmovedora frase de Plotino que nos asegura que “un alma que contempla la belleza, se vuelve bella”. La acción es el contagio, halagueño por cierto, porque nos indica que la belleza se puede aprender porque se puede enseñar. Los griegos nos inclinaron a la contemplación y la reflexión de la belleza. Pero en el siglo XVIII, por las ideas de Edmund Burke, un decente conservador irlandés, nos indica que la belleza es otra cosa, acaso complementaria: la belleza también es pasión. Este notable cambio por supuesto será tomado por los más elevados defensores de la pasión como estilo de arte, de vida social y política que constituye en el movimiento romántico. El término que acuña Edmund Burke es la palabra sublime: “ En efecto, el terror es en cualquier caso, de un modo más abierto o latente, el principio predominante de lo sublime”. Amigos, entramos en el mundo del inconsciente, sin cuya concurrencia el artista queda severamente marginado, recluso en copias de otros artistas. El arte ya no será sólo una obra estética únicamente, es también un gran documento de la psicología humana efervescente. “ Cuando el peligro o el dolor aprietan demasiado, son incapaces de causar placer alguno, son terribles, pero cuando están a cierta distancia y con ciertas modificaciones, pueden y son maravillosos”. Es decir, ver y escuchar una tormenta protegido en una segura guarida. En clases cito que en la ciudad es fácil ser “ateo”, pero si uno camina por un salar de nuestra Puna, y una tormenta danza sobre nuestras cabezas y caen los rayos, creo que es más factible que a uno se le cruce una frase algo cristina: por favor Dios….No existe lo sublime sin la idea del terror y esta es una gran novedad en el arte, abandonando la actitud pasiva: “ el placer tiene que usurparse”. Los jóvenes hoy dicen una sola palabra: “adrenalina”.
Si Burke hubiera sido contemporáneo de Marry Shelley se regocijaría al leerla en su Frankenstein: “ Cómo expresar mi sensación de catástrofe o describir el engendro con que tanto esfuerzo e infinito trabajo había creado?. Sus miembros estaban bien proporcionados y había seleccionado sus rasgos por hermosos. ¡ Hermosos!. ¡ Santo Cielo!. Su piel amarillenta apenas si ocultaba el entramado de músculos y arterias, tenía el pelo negro largo y lustroso, los dientes blanquísimos, pero todo ello no hacía más que resaltar el horrible contraste con sus ojos acuosos, que parecían casi del mismo color que las pálidas órbitas en las que se hundían el rostro arrugado y los finos negruzcos labios”. El horror como patrocinante de lo bello. En el Origen de la Tragedia Nietzsche sentencia que el hombre tiene la necesidad “ de lo horrible”. Goya lo experimentó en muchas jornadas.
El termino clave es lo sublime al cual se lo cita sin tener la experiencia del terror en el que trabaja Burke. Sublime significa algo excelso, muy elevado, eminencia, altitud, algo que está en lo alto, arriba, tal vez podríamos usarlo como más allá del umbral. En la Química, indica la transformación de la materia sólida en un estado gaseoso y Freud lo utiliza como una suerte de desplazamiento, dado que “ algunos tipos de actividades sostenidas por un deseo que no apunta en forma manifiesta hacia un fin sexual. La pulsión sexual pone a disposición del trabajo cultural cantidades de fuerza extraordinariamente grandes, en virtud de la particularidad, singularmente marcada dicha pulsión, para poder desplazar su fin sin perder en esencia intensidad. Esta capacidad de reemplazar la meta sexual originaria por otro fin, que ya no es sexual pero se le haya psíquicamente emparentada, la denominamos capacidad de sublimación…Llamamos sublimación cierto tipo de modificación del fin y cambio del objeto, en el cual entra en consideración nuestra valoración social”.
Volvamos a Burke para que termine de exponer sus ideas. “ Todo aquello que sirve de alguna manera para excitar las ideas de dolor y peligro, es decir, que todo aquello que de alguna manera es terrible es fuente de lo sublime. El efecto sublime de la oscuridad o el poder destructivo de la soledad, el silencio y el rugido de los animales”.
Tenemos el caso del pavo real que nos puede ilustrar algo al respecto. Andando por un arreglado jardín, el pavo real despliega su bellísima cola verde, negra y turquesa. El recurso del despliegue tiene que ver con el poder de la seducción de la hembra que a la desea aparear. Pero habitualmente nos limitamos a esta función. Sin embargo su cola tiene algo pavoroso, valga la redundancia, pues su despliegue nos indican que repentinamente se abren cien ojos que nos vigilan instantáneamente y sentirse vigilado no genera una sensación agradable, es como si se nos intentara frenar sobre el terreno, en nuestro avance, en nuestros movimientos. Una vez más es compatible el ideal de belleza y peligro, lo llamamos sublime.
Magníficamente adaptado a la información disponibles en esos momentos Burke se decida a buscar cuáles son las fuentes de lo sublime. Resultan ser de lo más variables que no sólo interesarían a artistas únicamente sino que podrían ser invitados, hacerse extensible a psicólogos, arquitectos, diseñadores, antropólogos, etc.
La oscuridad es el elemento más antiguo y más extenso en la cultura humana como fuente de lo sublime. “ Para que una cosa sea muy terrible, en general, parece que sea necesaria la oscuridad” asegura Burke. No somos testigos pero si depositarios de infinitas noches privados de protección y consuelo los que pasaron nuestros primeros antepasados hasta que inventaron el fuego, tampoco reaccionarían como astrónomos enamorados de la visión de un eclipse de sol total. La gran mayoría de los niños, debido a la oscuridad como principal causa asocian el sueño con la muerte. Sin oscuridad, ¿ qué espanto nos produce Drácula? . ¿ Cuán creíble es la sombra del padre de Hamlet lamentándose en una alta torre de Dinamarca?. Y en las primeras religiones, ¿ a qué misterio se recurriría si la oscuridad no fuera tan potente?
¿ Qué puede más en el vientre de una ballena?. ¿ La oscuridad del mismo, el sentido del encierro pero siempre en esa celda de apretadas vísceras que segregan jugos y los ecos de sus tristes cantos?.
¿ Cuál es la hora más fecunda para las pesadillas?
Muchas películas recurren obsesivamente a una mujer sola, de noche, en una gran casa y no falta hacer saltar un gato cuando un loco anda con ganas de matar con una motosierra. Los frutos de la noche son los más destacados, amargos pero de alguna manera, habría que considerarlos, con algunas excepciones claro está, los más tímidos.
Otro recurso en el que Burke encuentra argumentos para reflexionar sobre lo sublime es el poder.” No conozco nada sublime que no sea alguna modificación del poder. Y esta rama nace, tan naturalmente como las otras dos, del terror, el tronco común de todo lo que es sublime…Pero en realidad, la afección que procede de la idea de vasto poder está muy lejos de aquel carácter neutral”. Terror y dolor.
Hay entonces un placer que aparece como siniestro, es como si el hombre necesitara esas altas magnitudes de dolor para estar completo o satisfecho.
“ Mirad a un hombre o cualquier animal que tenga una fuerza prodigiosa y ¿ cuál es vuestra idea antes de reflexionar?
Burke compara dos animales con mucha fuerza y potencia. Uno es el buey, “ es una criatura inocente, extremadamente servicial y nada peligrosa, por lo cual la idea de un buey no inspira para nada grandeza. Un toro también es fuerte. Pero su fuerza es de otro tipo, a menudo muy destructiva y raramente ( al menos entre nosotros), no es de alguna utilidad. Por consiguiente, la idea de un toro es grande y frecuentemente ocupa un lugar en descripciones sublimes y comparaciones elevadas… La fuerza se nos muestra por sorpresa en las oscura selva y en clamorosos desiertos, bajo la forma de león, tigre, pantera o rinoceronte. Siempre y cuando la fuerza sólo sea útil, y se emplee para nuestro beneficio o placer, nunca será sublime”.
En cuanto al poder poder político, supongamos una escena desafortunada, estamos ante el Emperador Calígula, dependemos de su juicio, de su pulgar de la mano derecha: ¿ cómo nos sentiremos?. Los nombres pueden cambiar, la lista es muy larga de déspotas criminales, pero el terror será el mismo en toda circunstancia y fechas. “ El poder institucionalizado de reyes y dirigentes tiene la misma conexión con el terror. Los soberanos son saludados frecuentemente con el título de pavorosa majestad”.





                         Segunda parte.



Seguimos rastreando en Burke aquellas cosas que favorecen la manifestación de lo sublime. Sobre la privación que es un estado que nos puede inclinar a lo sublime dice: “ Todas las privaciones generales son grandes porque todas son terribles; la vacuidad, la oscuridad, la soledad y el silencio”. Ya citamos el caso de Jonás encerrado en el vientre de una ballena ( en realidad dice gran pez), no menos terrorífico es la caída de José el Hebreo, el hijo de Jacob, dentro de un pozo, seguramente algo profundo y no desentonamos al interpretar que todo pozo es una pre-tumba. Paradojalmente, dentro de la ballena, dentro del pozo, privaciones extremas, el silencio estremece, aturde, aterroriza.

Las privaciones de la vida amorosa son tanto más tristes que terroríficas, y bien podemos suponer que la misma acción nos puede llevar al mismo tiempo a ambas experiencias, a ambos sentimientos. Las actuales experiencias delictivas en Argentina han llevado a los delincuentes a ahondar el terror en privaciones extremas, así que lamentablemente tenemos amplios datos sobre estas acciones que llevan a lo sublime siendo de alguna manera tan obvia que nos redime de desarrollar los hechos y consecuencias para no afectar la sensibilidad de los lectores. Las privaciones empujan a un final temible y anunciado: la soledad, un acto abrupto que nos despoja de humanidad.

Según Burke, comenta que: “ tiendo a imaginar que la altura, por consiguiente, es menos grandiosa que la profundidad, que nos sorprende más mirar hacia abajo, desde un precipicio, que mirar hacia arriba a un objeto de la misma altura, aunque no estoy muy seguro . Una perpendicular tiene más fuerza para formar lo sublime, que un plano inclinado y los efectos de una superficie rugosa y quebrada parecen más fuertes que los de una lisa y pulida”. De alguna manera es cierto que un precipicio nos interroga: ¿ salto?. En cambio la vasta cúpula de los cielos, aunque estuvieran en llamas, nos sorprende por el aplastamiento, el empequeñecimiento inmediato nos quita autonomía.

La uniformidad también contribuye con la idea y experiencias de los sublime. “ La sucesión y uniformidad de las partes son lo que constituye el infinito artificial” anota Burke. Podríamos definir la uniformidad por la constitución de la estabilidad del asunto, de manera tal que como nos sugiere el autor antes citado, que los sentidos y los sentimientos no se vieran perturbados por algunos o muchos cambios que se constituirían en un obstáculo para la manifestación de lo sublime.

Tengo un claro ejemplo que lo puede ilustrar. En Nuremberg, la emblemática ciudad medieval del régimen nazi, en 1934, congregó más de setecientas mil personas, la gran mayoría estaban uniformados. El acto estaba organizado para conmemorar  la muerte del Mariscal Hindenburg, último presidente de la república de Weimar”. La película el Triunfo de la Voluntad, de Leni Refienstah que se constituyó en el filme oficial del régimen, ilustra un momento que considero sublime, no siendo el único. Casi como un perfecto muro de soldados a los costados, se extiende una avenida que yo denominé abruptamente, como Avenida de los Muertos en una clase. Por ella avanzan en completo silencio, Hitler delante y unos pocos pasos más atrás, Lutze y Himmler, de ida y de vuelta y las setecientos mil personas como almidonadas de silencio y falta de movimientos. Yo sabía que había algo más en esas imágenes pero no lo podía encontrar; admitía mi limitación, pero con cada visión me asaltaba que faltaba algo, una interpretación. Así fue que en una clase, mascullé mi limitación y de repente me asaltó: “esos tres reyes magos”. Claro, no estaba justamente pensando en Gaspar, Baltazar y Melchor, sino que la puntualización estaba en la palabra mago, vocablo persa que los griegos transformaron en magoi. No es sencillo hipnotizar a setecientas mil personas, ¿ verdad?. Había encontrado la conexión con el pasado, el largo pasado que se manifiesta en estandartes casi romanos, un saludo casi romano, etc. El régimen nazi no es manifiestamente creativo, sino recreativo.

Recurrí al libro de E. M. Butler, El Mito de Mago y encontré mi  subrayado en alguna pasada lectura con respecto a las actividades y funciones del mago: “ curar a los enfermos, resucitar a los muertos, asegurar la producción de alimentos, fomentar la fertilidad en general,  favorecer la caza y la pesca, procurar la victoria en las batallas, establecer buenas y provechosas relaciones con los espíritus de los muertos, demonios y deidades cuyo poder era oscuramente sentido y además, predecir acontecimiento futuros. “ No habrá más revoluciones en Alemania… El Tercer Reich durará mil años” en boca de Hitler es parte de los anuncios de la futurología del mago Hitler, el conductor. Esto es lo que me faltaba, la continuidad subterránea de la vieja historia del conductor como rey, sacerdote y guerrero. Para que todos pudieran unirse en este gran conjuro de 1934, todos tuvieron que morir un poco, todos se volvieron como de piedra, menos esos tres reyes magos.

                       LO SUBLIME. 3RA. PARTE.

Lo vasto y lo infinito procuran sensaciones de lo  sublime. Tanto Burke como Kant lo sublime es lo grande, y lo pequeño lo bello. Y a la vez acuerdan que todo lo sublime es bello pero no todo lo bello es sublime.
Si hay algo que parecen comulgar lo vasto y el infinito es la noche estrellada y un mar tempestuoso. Ya que hemos mencionado a Kant, es oportuno citar su epitafio tan amado por Beethoven: “ Dos cosas llenan mi ánimo de admiración y respeto siempre nuevos y crecientes, cuanto con más frecuencia y aplicación se ocupa de ellas la reflexión: el cielo estrellado sobre mi y la ley moral en mi”; resumiendo, la naturaleza y la cultura anunciada en la moral a la que tanto contribuyó Emmanuel Kant con su Imperativo Categórico.

El bipedismo de la especie humana nos trajo muchas ventajas, una de ellas fue evadir la baja tasa natalidad de los primates, pero para mi la más determinante fue haber descubierto el cielo e inmediatamente el deseo de pertenecer a él. Cuando digo el cielo no es sólo el sol, sino primordialmente, la noche estrellada de Kant. Vastedad, infinidad, magnificencia en una apacible mirada que no encuentra límites ni centros. Se tejen como enlazando las estrellas que van dibujando formas animales para luego delinear figuras antropomórficas y óptimas herramientas. Nacen así fabulosas criaturas, los dioses y el mito. Pero no sólo debe haber despertados sensaciones placenteras, porque a la vez, la vastedad y la infinidad no sólo son bellas, sino espantosas. Siempre nos delatan a los humanos como insignificantes y finitos. Los más sabios descubrieron que la aceptación de estas limitaciones "creacionales" eran fuente de la humildad. La marcha del monoteísmo nos hará decir: “ Terrible cosa es caer en manos del Dios vivo” Hebreos,10-31.
Tuve la suerte de criarme siete años en una escuela rural del sur de la provincia de Santa Fe, Teodolina. Conocí tempranamente la noche estrella, la enfrenté varias veces solitariamente. En las noches de verano, íbamos con mi madre, la maestra, la directora, a visitar a los vecinos, amables chacareros con les gustaba presentarse. Cerca de la escuela había un gran charco alimentado por las lluvias, a veces se secaba. Pero recuerdo que muchas noches pasábamos con el farol “sol de noche” excepto en luna llena, y algunos habitantes del charco, algunos patos principalmente, nos saludaban con abundantes graznidos nuestro paso; nos reconocían y ello dio crédito en mi desde muy temprano en la protección y defensa de la vida de los animales. No exagero tal vez si dijera que es fruto de la noche estrellada.
Burke indica que “ El cielo estrellado aunque lo vemos con frecuencia, nunca deja de excitar una idea de grandeza. Esto no puede deberse a las mismas estrellas, consideradas aisladamente. El número es ciertamente la causa. El aparente desorden aumenta la grandeza, puesto que la apariencia de cuidados es altamente contraria a nuestra idea de magnificencia”.
El fenómeno estético es una construcción, ciertamente delicada, a veces se aparece abruptamente como si fuera un asalto; otras tanta se elabora con paciencia. Estoy pensando en otra noche estrellada, la de Van Gogh, su sombrero cargado de velas encendidas para trazar las primeras líneas en su paseo nocturno para entregarnos no sin melancolía, su versión de una noche kantiana junto a un puerto.


LO SUBLIME. 4ta. PARTE
Ya hemos visto que la oscuridad tiende grandes oportunidades para tener la experiencia de lo sublime, su contrario, la luz también tiene esa cualidad pero en circunstancias muy particulares según nuestro autor. La oscuridad y la luz muy potente, producen el mismo efecto: no permiten conocer los objetos y base de sustentación de los mismo, uno no sabe si puede apoyar el pie con seguridad o acaso está al borde un precipicio. Una de las particularidades por la cual se puede encontrar lo sublime con base en la luz, es un cambio brusco es decir, pasar bruscamente de la oscuridad a la luz y viceversa. “ La mera luz es una cosa demasiado común para causar una fuerte impresión en la mente y sin una fuerte impresión nada puede ser sublime”. Sabemos que los colores afectan nuestro ánimo, despiertan sensaciones agradables o lo contrario. No sólo los colores, lo mismo sucede con las construcciones humanas. En nuestra casa experimentamos que un lugar es nuestro favorito. Lo mismo nos sucede con las calles y los bares que frecuentamos, que categorizamos de agradables o funestas. Si dirigimos una mirada algo general, lo digo en el sentido de no adiestrada vinculante a la arquitectura o el diseño, nos sucede que también los edificios nos resultan agradables o desagradables. Burke opina que “ Creo que todos los edificios calculados para producir una idea de lo sublime, deberían ser más bien oscuros y lóbregos por dos razones: la primera es que la propia oscuridad en otras ocasiones se sabe por experiencia que tiene mayor efectos sobre las pasiones que la luz y la segunda es que para conseguir que un objeto sea muy sorprendente, deberíamos hacerlo lo más diferente posible de los objetos que hemos estado tratando inmediatamente; cuando uno entra a un edificio no se puede pasar a una luz superior a la que se tenía al aire libre; entrar en un poco un menos luminosa, sólo puede provocar un ligero cambio, pero para hacer que la transición sea completamente chocante, se debería pasar de la máxima oscuridad de acuerdo con las costumbres de la arquitectura. La regla contraria es válida para la noche pero por la misma razón y cuanto más iluminada esté la estancia, mayor será la pasión”.
La magia de un fogón en una jornada de campamento entonces puede deberse a que la pasión registra la máxima oscuridad circular y opresora ante un fuego que envía breves señales entre lo tanto y lo tan poco, como nocturnos nidos de pájaros.
“ Por consiguiente, en la pintura histórica los colores alegres y chillones nunca puede surtir un efecto feliz, y en los edificios, cuando se pretende alcanzar el mayor grado de lo sublime, los materiales no deben ser blancos, ni verdes, ni amarillos, ni azules ni de un rojo pálido, ni violeta, ni manchados, ni , sino de colores tristes y oscuros como el negro y marrón o muy morados o parecidos. Muchos mosaicos, pinturas o estatuas y mucho de lo dorado, contribuyen muy poco a lo sublime” dicta Burke
“Los colores vivos o alegres (salvo un rojo fuerte que es alegre), no son los indicados para producir grandes imagines” nos indica Burke y luego agrega “que un cielo nublado es más grandioso que uno azul y la noche es más sublime y solemne que el día”. Recuerdo un mediodía de intenso calor en Daireaux. Yo estaba volviendo oteando una gran tormenta del sur, nubes bajas y grises que se retorcían como trapos en un horizonte deshilachado. La temperatura bajó abruptamente y los vientos traían olor a tierra mojada. Yo estaba muy entusiasmado tan sólo porque había refrescado, pero habría más. Venía escuchando la quinta sinfonía de Shostakovich, su último movimiento. Debí parar para abrir la tranquera y bajé. De repente miré al cielo sosteniendo la tranquera y allí quedé como petrificado, una placentera inmovilidad pero tampoco sabía qué era lo placentero. No sé cuánto pasó, no lo suficiente para enloquecer y tenía el rostro cubierto de lágrimas sin saber quién era yo, qué hacía y dónde estaba. Digamos, estaba invadido por un sentimiento oceánico, esa impertinencia de borrar todas las coordenadas de la realidad del ser físico y metafísico. Tal vez con suerte pudieron haber pasado tres minutos. La sinfonía había terminado pero no dejó de contribuir. Fue la primera vez que no sentí la pesadez de mi cuerpo, mi voz interna, el rumbo de mis pensamientos. Simplemente no estuve sobre la tierra como antes de mi nacimiento. Fue sublime, una belleza extrema. No puedo dejar de destacar la brusquedad, ese cambio de clima, esas viejas tormentas que algunas ocasiones raptaron humanos, recuerdo la historia del rey romano Numa. En la mitología estamos acostumbrados que tormentas como la que imperfectamente he relatado, son cosas de brujos y brujas. No lo pude decir en ese tiempo, pero creo que vale aunque sea mucho tiempo después: la Naturaleza es una gran artista y sólo participa de nuestro lenguaje a través de los símbolos. Tengo a Burke como aliado para acomodarme en esta tardía reflexión: “Ninguna obra de arte puede ser grande, sino en la medida que engaña, ser de otra manera es prerrogativa de la naturaleza”. Yo estaba allí para no estar, fui gozosamente suplantado.
Hace más de cuatro mil años, los antiguos egipcios nos dieron el tono de toda la vida y no menos importante para el arte, “todo vibra” y cuando es vibración es potente como lo que acabo de contar, eso se llama sublimación


                  BURKE. LO SUBLIME. 5

Aunque Burke no lo menciona específicamente, la bruma, la niebla ( no haré las distinciones en estos momentos y las tomo como sinónimas) aportan espléndidas sustancias al concepto de sublime. La niebla es indefinición, una especie de velo que impide conocer inmediatamente al objeto o el sujeto que de alguna manera se oculta detrás o entre ella. Es un manto de aire y agua que casi no empapa pero que exprime a todo forma creando perplejidad, desconcierto. Antiguamente y en algunas etnias resistentes de la civilización y las ciudades, era imperioso distinguir a un sujeto que venía de frente. El cuerpo desnudo humano tiene esa honorabilidad, de manera tal que el primer enigma en resolverse era si esa figura era hombre o mujer, amigo u hostil sujetándose de esta manera al ritual de saludo o evitación correspondiente. La niebla tiene esta propiedad de borrar u ocultar estos datos vitales e instantáneos que los habitantes de la ciudad padecemos únicamente en caso de estar manejando un automóvil. La bruma magnifica los peligros porque el más adelante se torna indefinido.
Pero hay veces en que la niebla es protección y muchas veces se ha usado en literatura esta suerte de ocultamiento del héroe ante un peligro supremo de ser vencido o castigado.
En el frustrado combate entre el griego Menelao ofendido por el rapto de su mujer Helena de Esparta, por la destrucción de una parte de su ciudad y por los tesoros robados, se enfrenta con Paris, el troyano ofensor que ha manchado las reglas griegas de la hospitalidad, están luchando cuerpo a cuerpo. El troyano no la pasa nada bien y en el momento justo en que su vida va a ser cortada, “ Afrodita arrebató a su hijo con gran facilidad por ser diosa, y llevóle, envuelto en densa niebla al oloroso y perfumado tálamo” La Ilíada, Homero.
Para los marinos, la niebla es promotora de miedos y desafíos. Cuanto más dramático sería ver aparecer de golpe el barco del Holandés Errante flotando sobre la niebla, empujados a tierra de la cual ha sido expulsado por sus pecados que sólo el amor de una mujer pura puede redimirlo ( tema muy amado por Wagner, la mujer que se sacrifica por el hombre).
En viaje de San Brandan por el Oceáno Atlántico Occidental, leemos en su parte final, capítulo XXX, el Jardín de las Delicias, propiamente el Paraíso cristiano que: “ Con licencia del rey divino, ahora van acercando a la calina, que rodea como una cerca, todo el recinto del que Adán fue dueño, densas nubes forman tales tinieblas que su viaje no tiene posible retorno”. Los amantes del mito sabemos muy bien que tales tormentas, que tales brumas sobre el mar y decapitando montañas no son naturales y haríamos bien en buscar en un poderoso brujo o bruja las causas de tales acontecimientos funestos.
En cuanto a las brujas, cuanto menos ofensivas y espantosas serían sin la niebla, sus raídas capas y copiosas barbas al cruzarse con Mcbeth y Banquo.
Cantan en coro los tres esperpentos a quienes el propio Satanás renunciaría a su paternidad: “El mal es bien y el bien es mal, cortemos los aires y la niebla”.  Lady Mcbeth, esa otra mitad del rey Mcbeth lee su correspondencia tratando de explicar su futura suerte: “ Las brujas me salieron al encuentro el día de la victoria. Su ciencia es superior a la de los mortales. Quise preguntar más pero se deshicieron en niebla”. Tal vez nunca se fueron de al lado de infectado de ambición Mcbeth.
Merlín también recurrió a la bruma como medio de dar una buena noche a su protegido Uther Pendragon con Igraine, la mujer del duque de Garlois de Cornwall con el que entra en guerra una vez más. Escribe John Steinbeck en su libro Los Hechos del Rey Arturo y sus nobles Caballeros: “ Mientras Uther, Merlín y Sir Ulfios cabalgaron hacia el mar a través de las tienieblas rasgadas por la luna, la niebla flotaba imprecisa sobre las ciénagas como una turba de tenues fantasmas envueltos en ropas vaporosas. Esa amorfa multitud los escoltaba y las formas de los jinetes era tan cambiante como las imágenes dibujadas por las nubes.” Precisamente indefinida descripción que nos sumerge en el terror, imágenes de la pesadilla.
En Irlanda hubo un pueblo llamado Tuatha dé Danann, los hijos de la diosa Dan o Danu, “físicamente hermosos, hábiles en música y las artes del recitado y la oratoria, se mueven dentro de un contexto de fabulosos poderes mágicos y maravillas sin fin, que son la esencia de la vida misma”.
Cuando llegaron a Irlanda como transportados por  imprecisas cascos fluviales que navegaban los cielos, cayeron con silencio y niebla. Sus enemigos, los deformes fomores, tardaron en descubrir bajo la niebla a este misterioso pueblo, que a su vez fue vencido pese a su magia y poder por una nueva invasión de Eire, los Hijos de Miles. Derrotados se volvieron a sus sidhs, suerte de túmulos o colinas muchos de ellos coronados con brumas. No son tumbas, son puertas al Otro Mundo, rincones mágicos en que las diosas o grandes guerreros invitan al héroe de turno, echtra, encuentra dulces manjares y suerte de una paz sostenible. Es como si la niebla que atrapa a toda esta nación recitara su meditación sobre todos los seres: no podemos olvidar del todo y no podemos comprender enteramente.




Ya hemos dado cuenta y asumido a través de un firme convencimiento que el criterio de la belleza como una asunto de contemplación y éxtasis de la belleza considerando que lo bello es el objeto, es reemplazado casi subversivamente por el terror, el miedo y la pasión que caracterizan lo sublime, y en consideración, la belleza se instala en la psicología del observador. Esto no significa desconocer la belleza del propio objeto, pero queda determinado por cirtas circunstancias. Burke y Kant opinan que lo bello es pequeño, lo sublime, grande. Se indica que lo sublime es bello, pero no todo lo bello, es sublime. El incosciente comienza a integrarse. Sin Burke Goya no hubiera pintado sus pesadillas ni denunciado los desastres de la guerra ni nuestro Echeverría no hubiera descripto su Matadero ni Kant hubiera tan profundamente su Noche Estrellada. El sujeto ha dejado de ser un mero espejo donde se refleja la realidad, ahora es un activo componedor de sus criterios estéticos y políticos, en consecuencia, el conocimiento es una construcción. " Ninguna obra de arte puede ser grande, sino en la medida que engaña, ser de otra manera, sólo es prerrogativa de la Naturaleza" indica fielmente Burke. Sucede que el hombre ahora ya no es solamente un recipiente pensante donde la naturaleza deposita sus detritos milenarios, filtrando preferentemente, los sedimentos aureos y suavizados, seriamente, nos desbarrancamos a las grandes tormentas de la pasión, sturm und drang de los románticos, sueños y pesadillas, el militante humanismo como ensayo.

El grito de las fieras y la soledad de las forestas y páramos, las altas cumbres siempre blancas duenda truenan los dioses de antaño, " el ruido de las cataratas, tormentas rabiosas de un trueno o de la artillería, despiertan una sensación impresionante y horrorosa en la mente... el griterío de multitudes tiene un efecto similar" exclama Burke.Yo agregaría las campanas tocando a muerte o el tic tac de un reloj en la celda del condenado a muerte. Dicen que le Diablo despliega una inmesa capa roja brillante dejando ver sus patas de cabra con el que suduce mansamente a su víctima, mas su víctima ha detectado primero su intenso olor a azufre. Von Chamisso en su cuento La maravillosa historia de Peter Schlemihl, se burla de esta fábula y el Diablo es un viejo gris afable y cortés y algo parecido sucede con El Bebé de Rosmarie, brujos y  brujas en New York en pleno siglo XX, mas en este caso deberíamos alertar que esas personas encadendas a la eterna noche, eran demasiado afables, cargosos, incisivamente cargososo. " Sólo observaré que ni los olores, ni los gustos pueden producir una gran sensación, salvo que los olores sean penetrantes y hedores intolerables" agrega Burke. Hace tiempo que la humanidad erguida sobre sus dos pies abandonó el olfato como guía y mestro de ceremonia de nuestros encuentros o pasaportes a la fuga.El olfato fue reemplazado por la visión y todo nuestros mundo hace tiempo que íntegramente visual y los amores siempre empiezan en la mirada que alertan los corazones. Pero no debemos ser ingratos con el olfato, conserva como ninguna la fidelidad de un aroma agradable o desagradable, constituye aún el menos falible de los sentidos. Lo amargo, lo nauseabundo nos repugna directamente y esa velocidad no deja lugar a la manisfestación de lo sublime. La escala asumiría estos anfitriones por orden de importancia en lo sublime: la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato.

Cerrando estas consideraciones sobre lo sublime, dejamos a Burke sus palabras finales y a la vez, espero que Burke me disculpe por mi falta de talento para exponer lo bello y lo sublime; lo digo por si acaso Edmund Burke aun puede notificarse de este irreverente trabajo.

" Pues para mí, está muy claro, a raíz de este y otros muchos ejemplos, que, cuando el cuerpo está dispuesto, por los medios que sean, para emociones tales como las que adquiriría en virtud de cierta pasión, este puede excitar por sí solo, en la mente, algo muy parecido a aquella pasión". Digamos, una figuración, que siendo de alguna manera perfecta en su duplicación copiada, pueda ser tan fiel como la original. De ninguna manera pueden dejar de considerarse artísticas.




alegre y afectuoso Alcestes dice: «Amo y estimo a mi mujer porque es bella, cariñosa y
discreta.» ¡Cómo! ¿Y si, desfigurada por la enfermedad, agriada por la vejez y pasado el
primer encanto, dejase de
parecerte más discreta que cualquier otra? Cuando el fundamento
ha desaparecido, ¿qué puede resultar de la inclinación? Tomad, en cambio, el benévolo y
sesudo Adrasto, que pensaba para sí: «Tengo que tratar a esta persona con amor y respeto
porque es mi

mujer.» Tal manera de pensar es noble y magnánima. Ya pueden los encantos
fortuitos alterarse; siempre continúa siendo su mujer. El noble motivo permanece y no está tan
sujeto a la inconstancia de las cosas exteriores. De tal calidad son los principios, en
comparación con impulsos originados sólo de ocasiones particulares, y así es el hombre de
principios, al lado de aquel al cual sobreviene una inspiración buena y afectuosa. Y lo mismo,
diríamos si el secreto lenguaje de su corazón se expresara de esta suerte
 «Tengo que auxiliar
a ese hombre porque sufre; no porque acaso sea amigo o conocido mío, ni porque le considere
capaz de agradecérmelo después. Ahora no es tiempo de hacer distingos ni detenerse en
cuestiones: es un hombre, y lo que daña a los hombres
también a mí me toca.» Desde este
momento su conducta se apoya en el supremo fundamento dentro de la naturaleza humana, y
es sublime en grado sumo, tanto por la invariabilidad como por la generalidad de sus
aplicaciones.
Continúo mis observaciones. El
hombre de carácter melancólico se preocupa poco de los
juicios ajenos, de lo que otras tienen por bueno o verdadero, se apoya sólo en su propia
opinión. Como en él los móviles toman el carácter de principios, no puede ser fácilmente
llevado a otras ideas.
Su firmeza degenera a veces en obstinación. La amistad es sublime, y,
por tanto, apropiada a sus sentimientos. Puede acaso perder un amigo inconstante, pero éste
no le pierde a él tan pronto. Aun el recuerdo de la amistad extinguida sigue siendo para él

respetable. La locuacidad es bella; la taciturnidad meditativa es sublime. Sabe guardar bien
sus secretos y los ajenos. La veracidad es sublime, y él odia mentiras y fingimientos. Siente
con viveza la dignidad de la naturaleza humana. Se estima a sí mismo y
tiene a un hombre por
una criatura que merece respeto. No sufre sumisión abyecta, y su noble pecho respira libertad.
Toda suerte de cadenas le son odiosas, desde las doradas que en la corte se arrastran hasta los
pesados hierros del galeote. Es un rígido
juez de sí mismo y de los demás, y a menudo siente
disgusto de sí mismo y del mundo.
En la degeneración de este carácter, la seriedad se inclina a la melancolía, la devoción al
fanatismo, el celo por la libertad al entusiasmo. La ofensa y la injusticia
 encienden en él
deseos de venganza. Es muy temible entonces. Desafía el peligro y desprecia la muerte.
Falseado su sentimiento y no serenado por la razón, cae en lo extravagante: sugestiones,
fantasías, ideas fijas. Si la inteligencia es aún más débil,
incurre en lo monstruoso: sueños
significativos, presentimientos, señales milagrosas. Está en peligro de convertirse en un
fantástico o en un chiflado.







La barbarie, esta escandalosa palabra que usamos para definir lo indefinible,no se disuelve, tampoco se sublima, siempre se reconviene, se restituye porque siempre la barbarie comienza por chupar las energías de todo el resto no barbárico. Siempre será una horda fraterna, un gigantesco organismo cuyas engranajes están ligados y sustentados en tomar los adelantos para acabar con ellos. La barbarie como si fuera su único credo religioso sólo cree en la muerte.
Recuerdo haber visto la película, a veces incluso aguantado. Me fascinaba más el horizonte abierto que los pocos colores que aportaban los uniforme a esa cruel metamorfosis de un descarado color marrón manchando todo lo que no le fuera propio. Al fondo, sobre una línea vacilante del calor de desierto, la barbarie que nunca llegaría, así como los vivos rechazamos la idea de la muerte y la disolución final. Nunca vendrían. El fascismo caería fascinado ante los monumentos eléctricos y eléctorales de las naciones civilizadas. Pero un día, antes de la cabalgata final, rasgando la barata cortina con sus uñas encendidas del pleno escepticismo de unos pocos habitantes de la fortaleza donde se iba a morir u olvidar que en esta caso es lo mismo, ellos salieron desde un fondo que nunca sintió respeto por la historia. Les tomó un mínimo esfuerzo cruzar sobre sobre la fortaleza y abonar el implacable sol con nuevos huesos y ocultar el 


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