domingo, 3 de abril de 2016

Prólogo al curso sobre la Modernidad.
LA MODERNIDAD. PRÓLOGO.
El profesor Eric Hobsbawm publica en su libro Las Revoluciones Burguesas el siguiente aviso clasificado fechado en 1801 de la Gaceta de Moscú: “ Se venden tres cocheros expertos y de buena presencia y dos muchachas de dieciocho y quince años, ambas de buena presencia y expertas en diferentes clases de trabajos manuales. La misma casa tiene en venta dos peluqueros: uno de veintiún años, sabe leer y escribir, tocar un instrumento musical y servir como postillón, el otro es útil para arreglar el cabello a damas y caballeros y afinar pianos y órganos”. Eric Hobsbawm, pag 36. Uno puede alegar que aún sucede, en Buenos Aires hubo ejemplos entre coreanos y bolivianos dedicados a la industria textil y otro tanto sucedió con algunos albañiles brasileños. Ciertamente, no atempera el escándalo porque estas penosas capturas de personas ahora es ilegal y si se hacen no se los localiza a través de avisos clasificados. En Rusia no se podía esperar un escándalo, hasta pasado la mitad del siglo XIX no se prohibió la servidumbre y la esclavitud. Esto es la Modernidadm, ciudadanos libres protegidos por la Constitución que rige para todos sin diferencias de clases y títulos, las diferencias que se toleran son aquellas ocasionados por los méritos propios de cada ciudadano.
En este curso ventilaremos ampliamente los aciertos y las excepciones penosas que impone la Modernidad. Comencemos exponiendo las dos posiciones de entender y explicar el estar en el mundo desde hace tal vez cinco mil años de existencia que puede ser documentada.
La más antigua de estas teorías es la de la Edad de Oro. Hubo una creación total de todas las cosas y luego nada más; el Eclessiaste acuño casi una sentencia al respecto: “ no hay nada nuevo bajo el sol”. No hay devenir, sólo revelación. Los pequeños sucesos no son sino degradación de esa Edad Perfecta del Oro. Los procesos de cambio son simples y mansos, actos de corrupción de las cosas en tanto nos alejamos de la Creación y de los creadores. El cristianismo transformará lo que en otras culturas se consideraban errores e ignorancia en la calidad de pecados. Uno puede entonces alegar que hay cambios, si, pero siempre con esta premisa: están contemplados que sucedan por la Providencia que ha trazado todos los acontecimientos, es como si lo previsible comprendiera también la posibilidad de concebirlo como novedad.
Hoy en día no podemos dejar de sentir el fatalismo inicial de esta corrupción propia de la existencia. Pero por otro lado, estos sistemas han previsto mediantes ritos precisos, que incluyen la pureza del corazón, el arrepentimiento y el perdón, la reinstauración de esos primeros tiempos, de aquella perfecta creación. Nosotros fuimos expulsados del Paraíso-del cual nos llevamos una pocas hojas y el conocimiento personal de Dios- por comer el fruto prohíbo, un árbol de manzanas. El cristianismo propone que por otro árbol, la cruz de Cristo, podemos volver al Edén y la presencia beatífica de Dios. El mito se cierra sobre la perfección de un círculo que obtiene de ese fatalismo inicial, en un remanso de esperanzas, pero siempre por el sendero de la fe.
Este tipo de pensamiento que está presente en varias religiones y cultura étnicas engloban un carácter que bajo la óptica de la psicología podemos caracterizar como la nostalgia por los viejos tiempos, que no es otra cosa que la nostalgia por el padre cuyos inicios se pueden ubicar en los tiempos de transición entre la caza y recolección y el nacimiento de la agricultura. También podemos indicar que conlleva un complejo conservador, es fruto de la caintofobia, el miedo a lo nuevo. El extranjero siempre es alguien nuevo, y es el extranjero aquel ser sobre el que recaen el principal resentimiento de los locales, es portador de las inundaciones, las sequías, las plagas, las pestes. Si todo está bien en el local, ¿para qué aceptar al extranjero que trae novedades atroces?. El Mito del Eterno Retorno es la más acabada forma ilustrativa de una edad de Oro incial y de la recuperación de la Edad de Oro como final de todo proceso: la eternidad, la paz final y total. El padre recupera a su padre y el padre a sus hijos y todo el clan se completa allá donde quiera que exista el Paraíso. La soledad, las desgracias y un sentido nostálgico que brindan acceso una casa ideal en campos más que fértiles, suelen atraer adeptos a esta forma de estar en el mundo y de andar por el mundo. La ciencia brinda otras explicaciones llamando delirios a estos accesos a esta soledad cósmica, pero como si fuera un anzuelo, no hacen nada más al insistir en liberarse, que clavarse junto al hueso.
La otra doctrina o forma de entender el mundo nos propone la idea de un desarrollo de los acontecimientos, una historia lineal, única e irreversible que con demoras considerables adquiere el nombre de Progreso, que ya incluye una valoración que elimina las actividades críticas, siempre se progresa para estar mejor. Si los hijos viven mejor que los padres, entonces ya hay progreso, así de simple. En la Edad Media no había posibilidades de que todo el cristianismo eliminara al Islam y viceversa, y considerando que hoy en día hay suficiente arsenal nuclear para desatar una guerra total en que un gran parte de la humanidad puede desaparecer, ¿ podemos hablar de progreso?. Hemos considerado en la Modernidad una serie de cambios paulatinos, permanentes e irrevesibles. Pero también los hay profundos cambios de pensar y actuar que afectan la existencia de toda la humanidad, porque la humanidad es universalidad. Las llamamos revoluciones y hay tres muy considerables, la de Copernico, Darwin y Freud. Pasar de una tierra chata a una esférica, una inmóvil, sistema geocéntrico que postulaba que la tierra no podía ser redonda porque los habitantes de la antípodas caerían al vacío, a un sistema heliocéntrico en que la tierra gira alrededor del sol fue un gran acontecimiento que incluso consistió en quemar muchas personas, nos conmovió profundamente por la audacia de atacar nuestro narcisismo en ser el centro del universo, vivimos en un planeta tal vez de poca monta y no sabemos si estamos al oeste o al norte de algún punto estratégico. La revolución darwiniana nos dejó sin en narcisismo de ser una creación angelical y a parte de todos los demás organismos. En algo más de ciento setenta años, hoy nos queda como frontera con otros mamíferos, el lenguaje, esa gran abstracción casi milagrosa. Y con Freud perdimos el narcisismo de ser el único dueño de la casa del yo, el incosciente es el otro dueño que evita o al menos no se expone frontalmente a la razón.
Y luego parte del inventario de la modernidad, la ciencia y la tecnología, las clases sociales, las revoluciones políticas y sociales, los dolorosos y largos exilios, el racismo, la intolerancia, el relativismo cultural, las constituciones como ley de leyes, los derechos humanos, los problemas ecológicos, el arte pleno, la falta de censura y la lista sigue, siempre conflictiva, permeable, la revolución permanente, la incertidumbre de saltos a otros saltos, la revolución permanente, incluso revolucionar a los revolucionarios, las satisfacciones de cualquier índole en forma inmediata, las muertes entubadas, la soledad de las terapias intensivas, nuevas fobias. Pero es la Modernidad, nos alarma que haya un clasificado de venta de personas. Algo no está bien en la Modernidad, debemos profundizar la revolución, para que haya hombres jurídicamente libres, económicamente independientes y políticamente autónomos. “ El infinito en un instente” Boudelaire..

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