martes, 14 de agosto de 2012

JOB Y EL SUFRIMIENTO DEL INOCENTE.


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Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
me pesa haber tomándote tu pan;
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
¡tú no tienes Marías que se van!

Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
¡Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!
                           Cesar Vallejo )Cisne Negro)

Mucho más que molestar, perturba asociar el mal a un dios creador que bondad absoluta. El mal está en calidoscópica forma presente en la vida, en el mundo, entre los hombres. No ofendamos la inteligencia del lector. Si acaso consultáramos a Zeus sobre el mal, la respuesta no deja ser más ofensiva porque ellos se desligan del mal y culpan a la propia naturaleza humana.Si consultamos a Marduk de los babilonios, la respuesta está en que la vida humana comenzó con un funesto crímen y la sangre volcada regó la arcilla con fue hecho el ser humano. La tradición judea cristiana alega el pecado de la desobediencia y mudados abruptamente a la tierra, todo fue sufrimiento y muerte. Hay otra respuesta posible: la humana. " Los hombres son juguetes de los dioses. Son como moscas en manos de niños crueles. Las matan para divertirse" Sófocles en Edipo Rey. Hay muchas preguntas y ninguna respuesta sonante, solo un vertebrado silencio de siglos y siglos.
¿ Por qué debe sufrir un inocente?. Una respuesta con dejos de gran cinismo nos podría hacer reconocer que son parte del paisaje de la vida, más precisamente de la muerte. Es una gran contradicción porque justamente la palabra inocente indica que estamos ante un ser libre de culpa, libre de todo engaño y daño. En nuestra concepción occidental y moderna que tanto ha desarrollado verdadera jurisprudencia en favor del individuo no es ni fácil ni alentador escuchar otra posición al respecto que ya anuncia la religión: ningún hombre es inocente de todo. Y el viejo condimento contradictorio aparece todavía en varios pueblos y etnías que ha estudiado la antropología, indicando que la muerte, la enfermedad no son acontecimientos naturales; muy por el contrario, son daños que se deben adjudicar a malas acciones, nosotros les llamamos pecados en la tradición judea-cristiana. También podemos extender este pensamiento a los accidentes y las íntimas tragedias personales que invaden a una familia, a una comunidad. En Argentina acuñamos, tal vez no como primicia, el parecer de " por algo será".
Tenemos un largo pasado en estos tipos de pensamiento que la la modernidad ha ido escondiendo profundamente en el inconsciente, mas cuando la tragedia nos sacude y nos atrapa, sin duda, en esas insoldables honduras de nuestra pisquis, las respuestas no están ordenadas y recurren con propia autonomía a la duda sobre la inocencia. Frente al superyo, siempre estamos en falta, por acción o por pensamiento, resulta la misma cosa y entonces nos preguntamos : ¿ qué hacho yo para merecer esto?.
La respuesta antropológica se inclina por la poesía griega y por el lamento de Edipo: " Lo mejor es no nacer...". La tradición judeocristiana es más austera: nacemos con el pecado concebido. Dodds en los Griegos y lo irracional, indicó lo que llama Cultura de la Culpa, al sindrome que si los padres no pagan en vida sus pecados, lo pagan los hijos y así sucesivamente: los Átridas y los Kennedy.
Hay dos viejos y grandes paradigmas sobre el sufrimiento del inocente: Job y Cristo; claro, la lista no se agota aquí, pero si para el relieve de este improvisado escrito en una tarde de lluvia.
Job ( hebreo Iyov) es uno de los libros más antiguos del Viejo Testamento, y además de ser un testimonio religioso, es plena poesía. Para el historiador Samuel Noah Kramer, logró identificar un protoJob ( A sumerian version of Job motif). " Cuánto tiempo me abondonarás. Me dejarás sin protección?" se pregunta ese viejo Job sumerio. Según Kramer, mil años antes estas preguntas llenas de amargos lamentos, aparecen como texto en tablillas súmeras. " Los sabios sumerios creían y enseñaban que las desdichas del hombre son el resultado de sus pecados y de sus malas acciones y no hay ningún hombre que por un motivo u otro, esté exento de culpa. Para ellos como hemos visto, no existía ningún ejemplo de sufrimiento humano injusto e inmerecido, es siempre ala hombre, decían, el que hay que recriminar, nunca a los dioses". Y luego cita: " Dicen los sabios valientes que la palabra virtuosa sin ambages: >".
Nuestro Job hebreo es de autor desconocido y es muy posible tentar una fecha en tanta oscuridad de falta de datos, ubicar su creació alrededor del siglo XV AC. Otros investigadores analizando el estilo literario lo ubican entre el siglo X y VIII, la época de oro de este tipo de literatura hebrea. Nuestro personaje es descendiente de una vieja familia aramea que dió al lugar como tierra de Uz (uts: tierra fértil).

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