miércoles, 3 de octubre de 2012
Herido está don Tristán
de una muy mala lanzada,
diósela el rey su tío
por celos que de él cataba;
diósela desde una torre
con una lanza herbolada;
el hierro tiene en el cuerpo,
de fuera le tiembla el asta.
Mal se queja don Tristán,
que la muerte le aquejaba;
preguntando por Iseo,
muy tristemente lloraba:
“¿Qué es de ti, la mi señora?
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Mala sea tu tardanza,
que si mis ojos te viesen,
sanaría esta llaga.”
Llegó ahí la reina Iseo,
la su linda enamorada,
cubierta de paños negros,
sin del rey dársele nada:
“¡Quién vos hirió, don Tristán:
heridas tenga de rabia,
y que no hallase maestro
que supiese de sanallas!”
Júntanse boca a boca,
juntos quieren dar el alma;
llora el uno, llora el otro,
la tierra toda se baña;
allí donde los entierran
nace una azucena blanca.
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